Contemplación en Alta Mar

14/03/2016

 

Reflexión (2/3):

En una hermosa noche, en crucero por algunas islas del Caribe, contemplaba yo desde el balcón de mi habitación (camarote) cómo la luna dejaba caer su tímida y tenue luz en una porción de las profundas y azules aguas del mar Caribe. Este hermoso espectáculo dio paso a un pensamiento que bien puede ilustrar nuestras vidas.

 

Desde mi pequeñez humana, viendo entonces la “infinitud” del mar vino a mí un profundo sobrecogimiento al darme cuenta de que estaba a merced de las aguas, sin marco de referencia alguna, sin saber qué rumbo llevaba, hacia donde iba, cuál era mi norte, sintiéndome completamente desorientado en esa máquina de acero, con tres mil ochocientos pasajeros a bordo (incluido yo) y mil cien tripulantes,  con  ciento quince toneladas de peso, pero que el mar le movía y sacudía como si fuera una ligera pluma de ganso.

Lo único que rompía la monotonía del paisaje era el negro cielo con minúsculos cuerpos celestes titilando en el infinito  y la estela producida por la proa de la embarcación rompiendo el agua a su paso…abriéndose camino.

 

Pese a todo ese sentimiento de inseguridad que comenzó a embargarme, rápidamente reaccioné y pude recordar que había un experto  (el capitán) con todo el conocimiento (que yo no poseía) para llevar la nave a puerto seguro. Ya no experimenté la extraña sensación de desamparo, angustia y temor con que estaba llenando mi mente. En mis labios se dibujaron una leve sonrisa de complicidad con aquel (que aunque no conocía) sabía estaba ahí, a cargo de la travesía. Entonces descansé en ese experto que sí sabía cómo ponerme a salvo y seguro.

Aunque mis ojos físicos veían solo la inmensidad del mar, “sin posibilidad alguna, de mi parte,  de salir de allí”; mi ojo único, de que habló Jesús, que no es más que mi comprensión espiritual, tenía la certeza, la seguridad, la confianza, y la fe de que había un experto que nos sacaría de “en medio de la nada” donde estaba.

Mis ojos vieron infinitud, dudas, temor, más mi corazón comenzó a ver presencia, seguridad y certeza.

 

Así mismo,  con nuestro saber innato tenemos la posibilidad de salir de todos los mares en que concurrentemente naufragamos, con tan solo centrarnos, fluyendo con la corriente de vida que mora en nosotros, y permitiendo que nuestro piloto (Dios), nuestro capitán (Dios), tome el control de nuestras vidas.

Por eso es muy importante mantenernos centrados y enfocados en la Presencia-Dios, libre de dudas y de temor.

 

Bien nos dice Santiago 1:6: “Una persona que duda tiene la lealtad dividida y es tan inestable como una ola del mar que el viento arrastra y empuja de un lado a otro.”

Por eso vigilar nuestros pensamientos es la clave para evitar hundirnos en las aguas de la incertidumbre y las dudas. Muy bien nos dice Charles Fillmore: “Saber que nuestro mundo se compone de lo que hemos ideado (pensado) nos debería hacer más vigilantes de nuestras actividades mentales.”

 

¿Alguna vez te has sentido en medio del mar como el que no está en ninguna parte y con temor a naufragar?

 

 

¡Dios les bendice!

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