El Filipino y yo

21/03/2016

 

Reflexión (3/3):

Esta vivencia que hoy les traigo no es en absoluto una crítica, sino más bien una alerta, un sincero grito desde mi alma con la sana intensión de que, (de ser necesario) revaloremos nuestra manera de orar.

De mi periplo por el mar Caribe les dejo esta tercera y última entrega sobre mi vivencia en medio del mar:

 

Todos los días en la mañana (horas antes de apuntar el alba) me dirigía a la capilla del crucero a hacer mis preces diarias, e invariablemente llegaba, a juzgar por su vestimenta, (un “mameluco” blanco con distintivo)  un miembro de la tripulación de origen filipino, también a “hacer lo suyo”.

 

Este llegaba con tanta reverencia y devoción que impregnaba mi alma de amor y complicidad. Tiempo después y sin demora se retiraba (posiblemente a una ardua jornada de trabajo), con el mismo amor y respeto que con que llegaba. Dejando una estela de prístina luminosidad.  

 

Unity me ha enseñado a amar, y sobre todo respetar la diversidad. En un mundo convulsionado hemos llegado a comprender no solo el principio universal de no violencia (que los hindúes llaman ahimsa) sino que damos un paso más y decimos que podemos estar ¡amorosamente en desacuerdo!

Sé que Dios es uno solo, manifestándose en los humanos según creencias, costumbres y cultura de la raza.

 

Una vez terminada mi jornada, me quedaba un tiempo extra, sin propósito alguno, simplemente disfrutando de mi experiencia de oración. En estos momentos me di cuenta de la gran cantidad de personas que acuden a la capilla en busca de solaz, (más de lo que pudiéramos imaginar) pero es tristemente interesante notar que los más, no se habían sentado bien ¡y ya se estaban parando! Honestamente duraban más abriendo y cerrando la puerta que orando.

Llegaban acompañados de mucho ruido. Un estado de anarquía mental y visible inquietud manifestada en una prisa desmesurada, que les impedía interiorizarse, pues sus pensamientos no les daban oportunidad de explorar su propia riqueza interior.

 

Sus escasas oraciones los privan de una sincera y verdadera comunicación fructífera y eficaz con Dios (esto no es un juicio sino una percepción).

De ninguna manera debemos ser vanidosos, ostentosos o exhibicionistas, sino más bien devotamente centrados en nuestras oraciones.

En Mateo 6:6 Jesús el Cristo nos dice: “Tu cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo dará”.

Aquí es evidente que en el lenguaje de Jesús, tu cámara es tu interior y cerrar la puerta es dejar los pensamientos externos a un lado.

 

El Reverendo Stretton Smith’s, nos narra una historia que ilustra bien lo antes comentado.

Nos cuenta que los hawaianos nativos observaban a los misioneros cristianos; los veían entrar a su iglesia, sentarse, rápidamente decir unas frases, para luego apresuradamente musitar: “Amén,” y levantarse e irse. Les parecía a los hawaianos que los cristianos terminaban sus oraciones demasiado rápido. Les llamaron haoles (que significa “sin aliento” en su lengua nativa). Con criterio hawaiano, estas oraciones carecían del Espíritu de Dios.

 

Honro a mi “amigo” el filipino (con el que no crucé palabra alguna, pero a quien mi alma se adhirió) y sé que bien en la capilla del crucero, en su casa, o donde quiera que esté, continúa con su alto estado de realización espiritual.

 

¿Estás dando aliento de vida a tus oraciones, o eres un haoles moderno, hijo de la prisa que con que vivimos hoy?

Recuerda: Tú tienes la capacidad de elegir.

 

¡Que tus oraciones te transformen!

 

¡Dios les bendice!

 

 

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