Resiliencia

18/04/2016

 

Reflexión:
Hará más de una década, asistiendo a una conferencia para redescubrir nuestro potencial divino el expositor habló de un concepto que ya lo conocía en química, pero no sabía de su equiparación con el espíritu: RESILIENCIA.


En su discurso el conferenciante nos explicaba que esta era la capacidad para afrontar la adversidad, de sobreponiéndose ante las tragedias, los traumas y amenazas (verdaderas e imaginarias).


Es una analogía tomada de la resistencia de los materiales que pueden doblarse sin romperse y volviendo a recuperar su forma original. Fue incorporado primero por la “psicología positiva” para luego permearse a la ciencia del Espíritu.


Se considera que una persona resiliente tiene un mayor equilibrio emocional, mayor capacidad de soportar grandes presiones y entereza para afrontar los retos.
Es el convencimiento que tiene un individuo para superar obstáculos de manera exitosa sin pensar en la derrota, a pesar de que las “apariencias y evidencias” le sean adversas, logrando resultados altamente positivos.


Es bueno saber que ser resiliente no significa que estamos exentos de dolor emocional ante una dificultad, reto o pérdida; no es una vacuna que nos inmuniza de las angustias y tragedias.


Conozco a un joven nacido en un burdel, hijo de “una de ellas”, que pareciera que la vida se ensañaba en su contra, y sobreponiéndose a todo “pronóstico” hoy día es un empresario exitoso, próspero y respetado en la sociedad. Lo que para otros pudo ser motivo de frustración y desesperanza, para mi amigo fue el combustible que lo impulsó a nuevos horizontes.

 

Categóricamente hay personas que por razones no muy claras respiran resiliencia, la llevan a flor de piel, es su naturaleza reponerse una y otra vez a embates inesperados.

La buena noticia es que todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos propios para ser resilientes y más importante aún, que ésta se cultiva, se aprende y se desarrolla.

Y el factor principal que contribuye a desarrollarla es tener una visión positiva hacia nosotros y/o sabernos protegidos de una “Presencia” que traspasa los límites visibles y que opera desde lo invisible. El Maestro Jesús llamó a esa Presencia “El Padre en Mí, y la Divinidad en ti.”

 

En Mateo 18:7 encontramos un verso pocas veces citado por ministros, sacerdotes y pastores, pero que encierra la clave de la vida: “Porque es necesario que vengan tropiezos.” ¿Será para que aprendamos a fluir sin importar las corrientes que nos arrastren?

Y luego encontramos este otro reconfortante verso del  Apóstol Pablo: “Ustedes no han pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y pueden ustedes confiar en Dios, que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla”. 1 Corintios 10:13 (DHH).

 

Podemos asirnos  a esta Verdad insoslayable y de valor único: recibimos la entrada y la salida ¡juntos! Y esto lo saben los resilientes.

 

Nosotros somos el barro y Dios el alfarero: “Uno nunca es derrotado si en su hora de necesidad afirma positivamente el poder absoluto de la Mente de Dios, por medio de Cristo, e invoca Su ayuda a su favor”. Palabras de Charles Fillmore.

 

Aprendamos a ser elásticos y flexibles, aprendamos a rebotar (ante una caída) sin rompernos; a saber que resiliencia es la respuesta del cielo a la apertura de nuestra mente.

 


¡Dios les bendice!

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