Transformaos

16/05/2016

 

Reflexión:
Al leer el Nuevo Testamento (ahora llamado Escritura Griega) muchas veces nos quedamos en el blanco y negro del papel y no captamos la “paleta de colores” del artista supremo, Jesús.


A menudo, para enseñar, el Maestro Jesús utilizó el recurso de las parábolas. Son estas historias  cortas, imaginarias, con un trasfondo espiritual. Pudiéramos decir un relato terrenal con significado celestial. Su finalidad es explicar cómo debe actuar una persona para entrar al “Reino de los Cielos”.

Estas no fueron creadas por Jesús. Son  herencia del Antiguo Testamento.

No podemos negar que las parábolas son pedagogía; y por tanto, a través de ellas bebemos poesía, humor y frescura, tocando incluso, el alma de quien la escucha.

 

Jesús narró una treintena de parábolas y quiero compartir una en particular: “Parábola del fariseo y el publicano”  (Lucas 18:9-14) Curiosamente solo la cuenta Lucas, el médico culto y extranjero, discípulo y pupilo de Pablo.

 

Charles Fillmore define al fariseo como: “El que observa la ley religiosa al pie de la letra pero no su espíritu. Eran hipócritas. Simulaban practicar la ley divina.”

Mientras que los publicanos "eran recaudadores de impuestos para Roma.  Extorsionaban a la gente y, por ello, eran sumamente despreciables; la sociedad los aislaba y los evitaba en todo lo posible”.

Ahora Veamos:

 

“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de cuanto poseo. El publicano, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Les digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no”.

¡Cuánta conciencia transformadora se esconde en esta Parábola! Ella quiere corregir conductas, quiere defender la justicia, ilustrando el daño que hacen las críticas y, quiere ponerte a pensar…

 

Con esta parábola Jesús, una vez más, estaba dejando en claro que el amor, la salvación, la gracia, dependían de la entera voluntad de un Dios Padre y no de fórmulas o mediaciones de poder que los hombres se fabricaran, según sus intereses. 

 

Él, en esta parábola, le está quitando al fariseo legalista y engreído, el poder de la Ley que  está empuñando… Y con esto señala que la evolución del ser humano va por el camino de la transformación interior.

 

Este fariseo olvidó que esto no es un asunto de dación, sino de corazón, como dijera Khalil Gibrán: “Cuando das todo lo que tienes es muy poco lo que das, cuando te entregas a ti mismo, es cuando realmente das".

 

No olvidemos que todo legalismo nos hace correr el peligro de afianzarnos en nuestros propios méritos, de no sentir necesidad de buscar nuestra propia realización. Dios vuelca su amor hacia quien le busca en la sinceridad.

La radicalidad de Jesús es evidente en esta parábola  en contra de las estructuras religiosas que tanto daño causan.

 

¿Te has dado cuenta? Lo que Jesús te está diciendo es que lo más importante no es ir a la iglesia (y a algunos que me perdonen), sino a tu templo (el lugar secreto del altísimo, tu interior) y allí permearte de amor, de paz, justicia divina, respeto por el otro y entonces, y solo entonces, ve a la iglesia a compartir tus “buenas nuevas” (tu evangelio).

 

¡Dios les bendice!

 

 

 

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