¡Bajando Ancla!

08/08/2016

 

Reflexión:

Si nos detenemos a pensar en lo extraordinario que resulta el hecho que un instrumento relativamente pequeño (aunque puede llegar a pesar hasta veinte toneladas) pueda detener, estabilizar  y controlar embarcaciones de grandes proporciones como los barcos mercantes y los cruceros turísticos (verdaderas ciudades flotantes) que llegan a tener hasta doscientas mil toneladas de peso (¡!).

 

Un ancla o áncora permite a un barco fijar por agarre su posición en el mar sin tener que preocuparse de la envestida, oponiéndose a la fuerza de la marea. De este modo, permite que la nave permanezca quieta más allá de las corrientes.Todo es posible gracias al diseño de dicho instrumento que permite penetrar el lecho marino y actuar como un freno.

 

Se usa generalmente, mientras espera para parquearse en un puerto, cuando está realizando una operación en el mar, o porque tiene un problema en su desplazamiento y no quiere perder su rumbo o ruta. Así mismo ante situaciones difíciles, es una sabia decisión que pongamos un stop a nuestras vidas para corregir el rumbo deseado, para no perder el sentido del viaje, es decir el propósito de la vida.

 

 

Cuando una embarcación ha perdido sus anclas, por una avería en sus máquinas u otra causa cualquiera, se mueve peligrosamente impulsada por  la fuerza del viento, del mar o de la corriente… ¡a la deriva! A este término en el argot marino se llama “irse al garete”. De ahí que cuando alguien insiste inoportunamente sobre algún particular se dice: “me tiene al garete” (Refiriéndose a sin sitio fijo, cansado, sin rumbo, desorientado, perdido, desesperado.)

 

Por eso el ancla es considerada la última salvaguarda del marino en la tempestad, por lo cual se la asocia con la esperanza, que queda como sostén ante las dificultades de la vida.

Simbolizaba también la parte estable del ser humano, aquello que permite guardar una lúcida calma ante la oleada de sensaciones y sentimientos.

 

Como vemos, esta analogía se aplica bien al alma de las personas. Nuestra vida es un viaje en barco por las aguas de este mundo. A veces el entorno social y espiritual hace que nos rodee una tempestad que ataca nuestra embarcación: llamemos a esa tempestad, dolores, enfermedades, desgracias, desencuentros, enemistades, desengaños, traiciones, depresión y la lista seguiría interminablemente.

 

Este hecho fue observado por el autor de la “Carta a los Hebreos” donde hace referencia a las promesas de Dios en Jesucristo como esperanza de los cristianos, hace ya muchos años,  cuando dijo: “Tenemos como firme y segura ancla del alma, una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros” Hebreos 6.19-20 (Biblia NVI) ¡Jesús es nuestra ancla, nuestra esperanza de gloria!

 

Charles Fillmore nos dice que: “Esperanza es la expectativa de bien en el futuro. Es una cualidad  (buena hasta cierto punto) de la mente de los sentidos porque está sujeta al tiempo”.

Contrario a la fe, que es un conocimiento cierto aquí y ahora (en el presente).

 

A partir de ahí en el cristianismo, el ancla se convirtió en símbolo de Cristo quien evita el “naufragio espiritual”. Entre los poetas místicos, el ancla y la cruz unidas (cruz-ancla) expresa la voluntad de no abandonarse a los remolinos de la sensibilidad humana, fijando la voluntad a la cruz de Cristo como fuente de toda gracia.

 

 

¿Y tú, al garete o anclado en Cristo Jesús?

 

¡Dios les bendice!

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