El Cristo de la Libertad

26/01/2016

 

Reflexión

Con el título de esta reflexión describió el Dr. Joaquín Balaguer a nuestro Patricio JUAN PABLO DUARTE DIEZ.


Ciertamente sabemos que es una sobrevaloración, un tremendismo y  una osada pretensión equiparar a este paladín de la libertad con la más alta representación y manifestación de Dios (el Cristo).


Pero no es menos cierto que Juan Pablo Duarte cuya vida y obra estuvo al servicio de su patria, que sin adherencia a ninguna religión, exhibió un corazón fulgurante de amor por Dios.
Nos dice el Dr. Balaguer: "El padre de la Patria nació con vocación para santo".

No casual nuestra bandera (que fue su obra) posee una hermosa cruz central de inmaculada pureza y un escudo con la Biblia abierta, señalando el versículo de Juan 8:32: "y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres."

Juan Pablo Duarte tuvo vislumbres de desapego material, como cuando pidió a sus hermanos Rosa y Celestino vender su casa (patrimonio familiar) por "la causa independentista", y dejándolos a merced de la providencia.


Dio muestra de honradez cuando se le entregó un dinero para gastos de la revolución, y misión cumplida, entregó una impecable relación financiera cuadrando hasta los centavos.

Vivió sumido en la pobreza en su auto exilo, primero por 16 años (desconectado de la civilización y como un ermitaño), en la selva venezolana y después ganándose la vida vendiendo velas, rosarios escapularios y otros objetos religiosos (como un vendutero) en Caracas.

Al enterarse de la intención de algunos de anexionar el país a España, regresó en plena guerra de la restauración y se presentó ante  las tropas revolucionarias a ofrecer sus servicios, ya anciano y en la postrimería de su vida (¡con 51 años!), pero fue "cordialmente" rechazado y enviado nueva vez, contra su voluntad, a Venezuela (ya no exiliado sino con un cargo diplomático). Esta fue una forma decorosa de  decirle que no lo necesitaban.

Su vida fue impoluta y sublime, pero desdichada y azarosa, aunque su estatura tocaba el firmamento.

Murió a los 63 años, de tisis pulmonar (tuberculosis) en el abandono, miseria y la soledad, traicionado e ignorado por sus amigos. 


¡Casi como el otro Cristo, el de Galilea!


Cuando se le comisionó al Arzobispo Meriño la homilía, al trasladar sus restos desde Venezuela  dijo: " ¿y qué diré yo de este pobre hombre?".


¡Loor a Duarte! 

Dios les bendice!

 

 

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