JESÚS EN NAZARET

03/04/2017

 

 

Reflexión:

Escuché una historia de un estudiante que estando interno en un místico monasterio acude al maestro desilusionado porque no tenía inspiración ni realización en el sendero que había elegido. Ya era incapaz de ver las realidades escondidas en cada apariencia. Mientras hablaban, el maestro podía sentir y ver unos rayos de sol que cálidamente tocaba ambos rostros, se escuchaba el dulce trinar de avecillas traviesas revoloteando en un árbol cercano, un suave aroma a jazmín cubría todo el ambiente. El maestro empapado de toda esa indudable Presencia, lleno de compasión y sabiduría le dio la bendición para que aquel neófito anacoreta se retirara de la vida monástica y volviera al mundanal.


Porque ¿qué podía hacer aquel maestro? Todas las condiciones estaban dadas para sentir y recibir el avivamiento divino más aquel joven había dejado de vivir en conformidad con la verdad.


Esto nos suele ocurrir a nosotros que ante una determinada situación nos amoldamos de manera fácil y negativa a la consciencia de los sentidos olvidando lo trascendental, lo verdadero, lo eterno y entramos en un "hoyo negro" que absorbe nuestra energía y en esa oscuridad perdemos la perspectiva y la orientación. Es un campo de ingravidez que nos paraliza y somos incapaces de ver más allá de nuestras propias narices.


Nos cuentan las escrituras que el Maestro Jesús habiendo llegando a Nazaret, su lugar de procedencia, hubo de  marcharse porque allí “no hizo muchos milagros  a causa de la incredulidad de ellos” (ver Mateo 13:58)

La incredulidad es un impedimento para el despertar del hombre a una consciencia de su unidad con el Espíritu universal, pues en verdad Dios no puede actuar en un corazón cerrado.


¿Por qué?

No hay peor sordo que el que no quiere escuchar, ni peor ciego que el que no quiere ver. Esto es una autolimitación impuesta y que nos circunscribe y nos restringe manteniéndonos bajo la esclavitud del error.


El poder de decisión para cambiar nuestra realidad está primero en nosotros, debemos darnos ese permiso para permitir que la corriente de vida sanadora y revitalizadora en nosotros sea llamada a expresión. Ni siquiera Jesús puede hacer nada si nosotros mismos no queremos.

El mandato es: “Despiértate tú que duermes…y te alumbrará el Cristo. Efesios 5:14

 

¿Y tú, permaneces atado en la limitación o estás en armonía con la ley divina?

 

¡Dios les bendice!

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